martes, 27 de octubre de 2015

CCLXVIII

¿Qué debo hacer, Amor, o qué conviene?
Tiempo es ya de morir
y estoy tardando más de lo que quiero.
Ella ha muerto, y consigo mi alma tiene;
yo la quiero seguir
y he de acortar mi tiempo lastimero,
pues verla ya no espero
en este mundo, y esperar me hastía,
que toda mi alegría,
por su partida, se ha vuelto amargura
y en mi vida no queda ya dulzura.

Sientes, Amor, pues oyes mi lamento,
que es el daño muy grave,
y sé bien que mi mal te ha entristecido:
el nuestro, que en escollo violento
hemos roto la nave
y al mismo tiempo el sol, se ha oscurecido.
¿Quién ha podido
describir el dolor al que me entrego?
Oh ingrato mundo ciego,
mucho debieras tú llorar conmigo,
pues tu belleza se llevó consigo.

Caída está tu gloria, y no lo ves,
ni digno, mientras ella
aquí vivió, de conocerla fuiste,
ni de que te tocara con los pies,
porque cosa tan bella
era del cielo, al que hoy con su luz viste.
Yo que, sin ella y triste,
ni a la vida mortal ni a mí mismo amo,
con mi llanto la llamo:
a dar en esto mi esperanza viene
y esto tan sólo en vida me mantiene.

Ay de mí, tierra es ya la faz hermosa
que daba fe del cielo
y a mostrar su bondad aquí venía;
ya está invisible en la región gloriosa,
librada de aquel velo
que a la flor de sus años sombra hacía,
para tomarlo un día
de nuevo, y de él ya nunca despojarse,
cuando pura tornarse
y bella la veamos, y más cuanto
más que el mortal vale el eterno encanto.

Más que antes bella y dama más lucida,
se me pone delante
como allí donde ser más grata siente.
Ella es una columna de mi vida,
y la otra es su triunfante
nombre, que suena en mí tan dulcemente.
Mas si vuelve a mi mente
que ha muerto mi esperanza, que vivía
cuando ella florecía,
ve Amor cómo me quedo; y yo quisiera
que quien ve la Verdad también lo viera.

Damas, las que habéis visto su beldad,
y la angélica vida,
su porte celestial viendo en la tierra,
doleos de mí, tened de mí piedad
y no de ella, ascendida
a tanta paz, dejándome a mí en guerra:
tal que, si alguien me cierra
el camino hacia ella mucho tiempo,
porque Amor me habla a tiempo
a no cortar el nudo me acomodo,
que en mi interior razona de este modo.

—Frena el dolor que así te desconcierta,
porque se pierde el cielo
por desear demás, y a él tu alma aspira,
y en él vive la que otros juzgan muerta
y de su hermoso velo
se ríe, que por ti sólo suspira;
y su fama, que admira
a cuantos de tu lengua el eco llega,
que no calles te ruega
y logres que su nombre sea aún más claro,
si su mirar te ha sido dulce y caro—.

Huye lo claro o verde,
no vayas a donde haya risa o canto,
no, canción, sino llanto:
no vayas donde hay gente que se alegra,
tú viuda, sin consuelo, en veste negra.

                                                      Francesco Petrarca: Cancionero (s. XIV)
                                                      Traducción de Ángel Crespo (1995)

lunes, 19 de octubre de 2015

LA MUERTE Y SU BARCO

La muerte regresa a tientas con su barco
escupe sus negros esclavos, sus piezas de mercadería
regresa desde los sueños en forma de galeón o canoa
es en nosotros que vive con su llanto sumergido.

A veces me pregunto a quién llaman mis padres
desde la senilidad con sus tantas voces
por qué se repiten mis abuelos en los mismos hábitos
de hablar con la nada
o de esparcir sus fotografías
en el garabato de la niebla.

Aún no se esconden las cosas presentes y los veo
jugar con los nietos, que permanecerán cantando para siempre
cuando hay brea sobre estos puertos
o gaviotas confusas que se posan en los mástiles y en las cuerdas
a diatribar con los gallotes.

No hay más misterios nivelados que observar el mar
y su llanto sumergido
esos dioses gemebundos
que bostezan despacio o que se llenan la boca con fabulaciones
de foca o de ballena.

Es este miedo a respirar las sales que ya conozco
a visitar esos puertos donde se quedó mi cuerpo de tritón
o de almirante
escribir los mismos poemas
que circularon con las estrellas de la espuma, o recordar
esa balada que va de boca en boca de los longorongos
que gritan sus orgasmos repletos de fiebre.

Vegetar en mi espejo que se vuelve un caracol henchido
o una furia oceánica que se repite como un triste maremoto.

Por eso atestiguo el recolectar con mi caña de pescar estas imágenes
de estas verdades que tiemblan y se agitan en el fondo
de todas las nadas como peces que resguardan la tranquilidad del aire
o como burbujas secas que se quedan vacilando
en mis manos como medusas.

La muerte me llevará a todos los puertos
e irá doblando mis pantalones y mis restos de equipaje.

Seré más oscuro o luminoso cuando recorra
las huestes y las epopeyas en otros mares, seré joven o viejo
o quizás oblicuo como todo resplandor que nace.

A veces creo que cada día
la muerte nos prepara para entrar en su barco.

Javier Alvarado: El mar que me habita (2011)

lunes, 5 de octubre de 2015

INFORME DE LA ESPERA

1.
Aquí, en el punto ciego del espejo,
la distancia cubre el reverso de la piel.
El ruido es la voz frugal de las paredes,
parece que todavía existieran los calados.

En el punto ciego de la casa,
se oye la voz de tu madre, de tu padre.

Presientes el instante que sucede para llegar al cuarto,
el cambio que oirías en la sala si te toparas con alguien;
presientes la distancia abstracta entre ruido y silencio:
la medida también es abstracta
pero tú la sabes.

2.
Hoy has querido volver a ciertos libros, ciertos poemas,
y comparas su recuerdo con la reacción de ahora.
Es diferente cuando supones años por venir,
y continúas la vida sin abandonar costumbres

(siempre ha sido así, siempre ha sido diferente
aunque a ti te parezca lo mismo).

Hoy has decidido acomodarte como un fardo de ropa.
Las palabras poseen otro significado y lo advierten:
Esa letra "y", esa "o", ese yo mal escrito.
Podrías poner todos tus actos entre comillas,
como aquella vez que esperabas la comida,
aquel día que te rascaba la espalda.

3.
Esperando la comida has debido perder más tiempo que un reloj varado,
pero aprovechar el tiempo consiste en saber perderlo.
A veces quisieras tener una frase para cada ocasión,
que así como pides el almuerzo pidieras un rato solo,
y que el gesto fuera igual de cordial, que pasara tan desapercibido
como rascarse la espalda o buscar un reloj en la pared
en el instante en el que da la hora inesperada y
lo miras.

Kirvin Larios: Aproximación a la distancia (inédito)
Recogido en la antología Poetas bajo Palabra (Barranquilla, Casa de Hierro, 2013)