domingo, 9 de enero de 2022

ESCRIBE 1 POEMA...

 Escribe 1 poema... aunque no seas poeta
1 poema tan real como el desastre
La vida se está precipitando en el abismo
Camina en medio del desbarajuste de las urbes
¡Bríncate los autos!
Ya no te mees en el suelo y el subsuelo
Orina desde el piso segundo del periférico
Urge 1 agua_zero caliente con aspecto de cerveza
No bebas más de la cuenta/ no queremos otro diluvio
Abandona los subterráneos/ las superficies bajas
Súbete al cielo de lo concreto/ báilate 1 frenética música
en el after hours de la azotea cerebral de tus delirios
El amor síguelo haciendo... siempre
Siempre... como te venga en gana
Lee el lenguaje de las olas en cada gota de lluvia
No te bebas la tristeza porque te embriagas
Disfruta la oscuridad fílmica de los cines
en la pantalla de sus piernas
Deambula por los muelles...
Busca 1 pescado fresco
1 botella seca
1 tacón roto
1 inocencia descarriada
1 lágrima de luna
1 amor extraviado
1 noche calientita
Si encuentras 1 cuchara guárdala
quizás mañana sí hay sopa
Escribe 1 poema...
Aunque no seas poeta
1 poema que te libere de la pasión
que llevas dentro
1 poema con intensidad huracanada
para que cruces el aire a navajazos
Ama a quien debas amar
¡Ámala! hasta el escándalo
No te suicides como Acuña/ Pavese/ o Maiakovski
Ni permitas jamás que te lleven a la muerte
Escribe 1 poema... que nunca sea epitafio
1 poema que pueda grafitearse en la conciencia
1 poema que persista más allá de lo existente

Ektor Zetta Balam [Héctor Zendejas Pineda]                 

Versión tomada de la antología Infrarrealistas / Poetas,                
preparada por Marco Fonz para la colección                
Las alas del Escorpión (Buenos Aires: La Caída, 2014)                

domingo, 2 de enero de 2022

BON SOIR...

     Donc bonsoir, mignon, et à demain!
      (Palabras que Ana me dejó escritas
una noche que tuvimos que separarnos.)

¡Buenas noches, mi amor, y hasta mañana!
Hasta mañana, sí, cuando amanezca,
y yo, después de cuarenta años
de incoherente soñar, abra y estriegue
los ojos del espíritu,
como quien ha dormido mucho, mucho,
y vaya lentamente despertando,
y, en una progresiva lucidez,
ate los cabos del ayer de mi alma
(antes de que la carne la ligara)
y del hoy prodigioso
en que habré de encontrarme, en este plano
en que ya nada es ilusión y todo
es verdad...
¡Buenas noches, amor mío,
buenas noches! Yo quedo en las tinieblas
y tú volaste hacia el amanecer...
¡Hasta mañana, amor, hasta mañana!
Porque, aún cuando el destino
acumulara lustro sobre lustro
de mi prisión por vida, son fugaces
estos lustros; sucédense los días
como rosarios, cuyas cuentas magnas
son los domingos...
Son los domingos, en que, con mis flores
voy invariablemente al cementerio
donde yacen tus formas adoradas.
¿Cuántos ramos de flores
he llevado a la tumba? No lo sé.
¿Cuántos he de llevar? Tal vez ya pocos.
¡Tal vez ya pocos! ¡Oh, que perspectiva
deliciosa!
¡Quizás el carcelero
se acerca con sus llaves resonantes
a abrir mi calabozo para siempre!
¿Es por ventura el eco de sus pasos
el que se oye, a través de la ventana,
avanzar por los quietos corredores?
¡Buenas noches, amor de mis amores!
Hasta luego, tal vez..., o hasta mañana.

Amado Nervo: La amada inmóvil (1920)

sábado, 30 de mayo de 2020

SEDUCCIÓN DE LA SOMBRA

I

Voy contigo, alma vagabunda
te acompañan mi silencio,
mi quebranto, esta desdicha inamovible.
Voy contigo sin saber a dónde,
páramos, desiertos, ciudades erizadas,
espejismos de íntima prisión.

Voy contigo pese a todo, en esta
travesía por la noche y la tormenta.
Voy contigo solitario, fugitivo,
sin palabras que ofrecerte,
sólo fiel a tu camino.

Nada nos espera, lo sé, nada ni nadie
salvo el recuerdo de nuestra compañía.
¡Vamos! No estés triste, alma vagabunda,
aunque no tenga consuelo que ofrecerte
ya he vivido lo bastante:
seguiré tus pasos sin tregua, sin descanso.


II

No te quise para mí, máscara,
espejeabas con saña mis injurias.
No busqué ocultarme en ti
pero a mi rostro te ceñías, despiadada.

Hoy, al despertar,
supe que te habías quedado atrás,
en algún sueño agazapada,
protegiendo a mi alma
atormentada y enferma.

Y ahora,
máscara, ¡oh noble máscara!
la piel de mi rostro te cubre
y con mis ojos ves
y con mi boca hablas.


III

El vínculo que a ti me une no es moral sino vital;
el vínculo es esta erosión, este amargo retroceso,
la intimidad sin salida de un sufrir intransitable;
la última, la fría determinación, que recorre mis huesos
y bate mis sienes. Sellada mi boca,
te habla mi corazón con latidos ciegos:
mi vínculo contigo, suicida, viene del fondo del mundo,
de este cuerpo y esta alma cuya vida hemos amado
y padecido a un punto insoportable.
Mi vínculo contigo, hermano de la sombra,
es esta feroz, interminable soledad.
Pero te tiendo la mano: nuestro viaje es largo,
el camino sin retorno.


IV

Herida de amor,
no abjures de mi alma,
devuélveme la flor estigia.

Oh, loto del Buda:
que con mi sangre florezcan
tus diez mil pétalos radiantes.


V

No te rompas, corazón,
acepta tu desdicha,
trasiega tu amargura,
abandona tus quimeras.

Corazón, corazón profundo:
ilumina mi camino,
acompaña mi silencio,
a mi alma da templanza.

Corazón, corazón vidente:
resiste esta noche sin fin,
sin esperanza.


VI

En selvas de palabras
me he perdido tantas veces
con locura, con pasión abrasadora.

Nada me llevó allá
salvo esta obsesión,
esta sed de vengar en mí al mundo,
este delirio de culpa y redención.

Pero ahora estoy del otro lado:
a lo lejos, el depravado fuego de los hombres
ya ensombrece el horizonte.

Oh, humareda de palabras:
ahora soy la selva,
su vértigo silencioso,
su impenetrable turbulencia.


VII

Otras manos son mis manos,
otro mi rostro,
otra mi distancia.
Cuando yazgo al pie de un árbol
camino a lo lejos;
en mi silencio, tumultuosamente hablo;
de cristal son mis secretos.

Uno y doble, a muerte juego mis verdades
cuando digo mis mentiras.

Demonio ubicuo: ¡mi dado está cargado!


VIII

Revuelo de sedas, paloma de luz,
en el aire te creas y deshaces,
musa de tu propia danza.

Desvelo de mi alma, cruel dulzura,
ahora vienes, ahora vas,
lágrima henchida de ausencia.

¿Pero eras tú,
de paso por aquel frescor de ensueño?

¿O era tu claridad,
mies de luna, seda de la sombra?


IX

Cargado y oscuro vienes
a la intemperie de mi alma.
Un silencio sobrenatural me envuelve.
Han partido todas las aves,
todos los vientos.
En el vasto cielo nada se mueve
salvo tu sombra.


X

No me señales,
hechicera,
ni me mires:
soy la lluvia,
el olvido,
los vientos,
la tarde solitaria.


XI

No preguntes, arrójame
tu sombra, tu misterio,
tu aliento cálido y fragante.
Mo me digas nada,
remonta los susurros,
las corrientes de fuego submarino.
No te desnudes,
demórate en jadeos y mordiscos,
y desciende por mi torso
con la espiga de tu lengua.
No te alces, Lilith, sólo bébeme
y desángrame, oh guardiana
estremecida de mis gozos.


XII

El chacal dará cuenta de ese ángel descarnado.

En el camino, de madrugada,
recuperan su instinto las criaturas de mi sueño:
tersa piel en movimiento,
crepitación ligera de mis sienes.

Aquel arupo que extravía su fragancia,
ese arroyo que serpentea en la colina,
aquel ibis y ese búho de la luna
se alimentan de mutuos resplandores.

Divina fertilidad oculta:
tu vaho envuelve lo visible
y todo tiembla, de madrugada, en mi camino.


XIII

Cuando me levanto,
señor de mi muerte,
abrazo a mi sombra
y avanzo al secreto.

Acompáñame, caminante,
arriba del hondón añoso:
esta sombra sube en pleno brío,
se expande, se adivina:
es luz, mas luz divina.


XIV

Amargo aquel amor,
amargo por dichoso,
amargo por obsceno,
amargo por perdido.

Si aún sueño en tu cuerpo,
¡en mí
no viertas más acíbar,
rescoldo del sollozo!

Amor amargo,
amor dichoso,
amor lascivo:
te rendí mis armas,
con ellas me has matado.


XV

Amorosa tiniebla,
femenina tiniebla,
angelical tiniebla,
tus alas bates, llévame a ti,
tus labios abres, dame tu vino,
tus senos ciñes, escucha mi corazón,
tu vientre acaricias, exhálame tu fragancia.

Diáfana tiniebla
ilumina mi alma,
eleva mi cuerpo,
devuélveme tu misterio.


XVI

Aleja de mí esta vanidad,
esta impudicia,
esta falsa epifanía,
este acento lastimero.

Sólo sé tu misma,
alma,
alma eterna,
frágil,
cadenciosa.


XVII

No moveré la rueda de mi mente
sino la de mi corazón:
que una mano a otra ciña,
que una mirada en otra se abisme,
que un cuerpo a otro penetre.

Moveré la rueda de mi mente
no la de mi corazón:
que decante esa pasión,
que sea sedimento,
sombra amada,
impalpable presencia.


XVIII

Tengo sed: me brindan sal.
Tengo sueño: me ofrecen un lecho de púas.
Estoy triste, vencido y solo: me regalan un espejo.
Así reconozco hoy las humanas ofrendas.


XIX

Sea mía
la flor que florece del dolor,
mío su trémulo perfume,
mía su herida dos veces viva,
mías las espinas de su corazón.

Alexis Naranjo: El oro de las ruinas (1994)

domingo, 19 de mayo de 2019

HABITACIÓN CON UN ESPEJO

La escalera retuerce, aburrida,
su interminable cuerpo de madera.

Una mano se mete en mi bolsillo
y rebusca una llave que no tengo.

La puerta se abre con la intimidad
de una persona a quien se trata mucho.
Unos pasos caminan por mi cuarto...

Desde el espejo del ropero atisba
un fulano que se parece a todos
y otro poco a mi padre ya mi madre.

                                     Hotel Neuman, La Paz, 1955

                                               David Ledesma Vázquez: Gris (1958)

domingo, 12 de mayo de 2019

BREVES APUNTES SOBRE EL AMOR

                    1

Pongo la palabra amor
cerca de mi oreja
y no me dice nada

Hundo mis colmillos ansiosos
en la pulpa engañosa del amor
y su carne destila
un sabor a cenizas

Dejo que el veleidoso amor
roce con sus muslos firmes
el escudo de hielo
que protege a mis miedos
y el amor retrocede
herido por los vidrios
de mis frígidas fiebres

Ahora
acaricio un mal recuerdo del amor
con mi mano amputada


                   2

Aparta de mí este cáliz
no me pidas que hable sobre el amor
no me pongas a sudar sangre grumosa
en este por demás reseco
huerto de los olivos

Alzo mis manos en plegaria
y pido que se haga el amor
pero el amor no se hace

¿Cómo puedes pedirme
que hable de algo que todavía no invento?


                   3

No quiero que el amor
vuelva otra vez a horadarme el corazón
con sus vueltas de tuerca
al rojo vivo


                   4

Hasta que conservé
una cierta capacidad para amar
fui una aceptable poeta
ahora soy
una sibila enmudecida
incapaz de adivinar
qué barco sin destino
la llevará a su destino


                                                       Sonia Manzano: Último regreso a Edén (2006)

lunes, 1 de agosto de 2016

AUTORRETRATO

Considerad, muchachos,
esta lengua roída por el cáncer:
soy profesor en un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales.)
¿Qué os parece mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué decís de esta nariz podrida
por la cal de la tiza degradante.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? —¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo para qué,
para ganar un pan imperdonable,
duro como la cara del burgués,
y con sabor y con olor a sangre.

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan,
¡estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.

Nicanor Parra: Poemas y antipoemas (1954)

miércoles, 25 de mayo de 2016

LA MANTIS RELIGIOSA

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm de mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.

Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando
hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
y dispuesta.

Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
a la muerte.
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Esta tampoco supone qué última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
de agradecimiento.


José Watanabe: El huso de la palabra (1989)

lunes, 11 de abril de 2016

MÁSCARA #7

Una verdad: la nieve precedió al verbo. La verdad era, entonces, cuando solo había el lenguaje del silencio: la nieve y no la fórmula con la que dijimos que hay nieve o que la nieve existe y es blanca y fría; o cuando decimos que el rostro del amor es como la nieve, así como sus labios y sus cejas parecidas a los Andes pero más frías que ninguna cordillera crecida en los negros dientes del tiempo a la deriva. La verdad existía antes de que dijéramos todo esto; antes de que contáramos que la nieve era nuestro pasto y que podíamos cultivar allí un huerto de tijeras sin filo. Este horizonte blanco fue antes de que lo nombráramos: esa es una verdad que languidece el sentido de cualquier palabra.
       En el principio, la nieve no era inhóspita ni bondadosa. La verdad era la nieve: el mundo en nuestro sistema nervioso y endocrino. El lenguaje flotaba sobre el Pacífico porque no sabía describirse. La verdad no era un valor henchido de sirenas.

Los espejos estuvieron antes que cualquier verborrea romántica
sobre el ártico.

Los espejos son el último lugar
para tocar y aprender a no mirarse.

Mónica Ojeda: El ciclo de las piedras (2015)

lunes, 4 de abril de 2016

CAPULÍ

Y mi corazón va hundiéndose en la línea del horizonte,
llegará un día en que sólo será una piedra en el camino...
Estaré sin preocupación bajo la candela de las estrellas,
de espaldas a los temores que se revientan en los cuartos del día,
estaré muerto a gusto.

Entre tanto, testigo del propio hundimiento y ser de vida,
correteo bajo el capulí.
Con sólo este ir y venir se me olvidan los harapos.
El polvo y los capulíes me espían,
más me doy al campo y más colores hacen los ojos.

Este aire y este sol me devuelven la existencia.

En el plato pasan los capulíes sonando su arena
como si yo mismo fuera esa música;
como si convertido en fruto mi corazón dejara su destino de piedra.

Jadeo tanto que me disparo sobre los árboles
como un judío de Chagall, un pájaro de Pachanlica,
un brujo... debajo van los caminos,
las chozas, los pencos del martirio.

Por sólo estos instantes la vida puede ser la eternidad.

Julio Pazos Barrera: Levantamiento del país con textos libres (1982)

lunes, 28 de marzo de 2016

LEÓN DE SAL

A José Hierro Real

Cuando te vistes de seda gris
y finges ser un lago que balancea veleros
como una vieja dama que agita suavemente sus collares
me conmueves, océano, viejo gigante
de ojos de niño
te pareces al león de mi alma cuando la domestico
para que en vez de incendio encuentre gloria
te pareces al león de mi alma
cuando quiere ser ciervo
océano.

Blanca Andreu: Los archivos griegos (2011)

lunes, 21 de marzo de 2016

EDÚ Y LA MUERTE

"Edú —dijo la muerte— ya es la hora".
Y él replicó, sonriendo:
"Zambita: espera un poco.
¿No ves que es muy temprano?
Anda, más bien convídame
un trago de aguardiente".

Pero ella dijo: "El último.
Tan solamente el último del último".
Y cuando se lo trajo
con esa mano de tan negra y negra,
con esa mano de tan tierra y tierra,
Edú la trajo nuevamente al centro.

La metió bajo el toldo y en la colcha
y ella contenta.
La estrechó, luego, con sus pata-pata
y ella gozando.
La estremeció en el baile pierna-pierna
y ella girando.
Y él se fue de parranda
cuando la muerte se quedó muriendo.

Rafael Díaz Ycaza: Zona prohibida (1972)

lunes, 14 de marzo de 2016

A UN PRESO

Crece el aliento cuando de sequía mueren las ansias de nuestra alma,
y se vislumbra una gota de vida desde las vidrieras que iluminan nuestra casa.

Hogar que se hace propio cuando no tienes salida.
La añoranza enreda las arterias de la fe.

Sentimiento esculpido desde la lejanía y la distancia,
desde la condena que encierra el remordimiento y la sed.

Propósito de barrotes caídos,
lágrimas derramadas por la culpa que roe mis huesos.

Destello de una noche brilla,
como un pasaje onírico de recuerdos.

Respiro.

Parece que siento el aire fresco,
como el brote de espacio que inhalo
y levemente expulso para sentirme de nuevo libre.

para abrir los ojos y no quedar ciego de tanto lamento.

Paula Romero: Corta vida (inédito)
Recogido en la antología Poetas bajo palabra (Barranquilla, Casa de Hierro, 2013)

lunes, 7 de marzo de 2016

DULCE Y BALDÍO LUGAR

1
padre e hijo,
en el pasillo,
buscan a la misma mujer.

2
madre e hijo,
en el pasillo,
se esconden del mismo hombre.

3
el niño sonríe en el comedor;
el salero está repleto de golpes.

4
el televisor zumba.
el padre, dormido,
sostiene el control remoto en la telaraña de su mano.

5
de su boca escaparon 3 hormigas rojas
cuando el padre dejó de estrangularla.

6
soñando con vísceras
el niño se dejó amamantar por gallinazos.

Joce Deux: Los fantasmas de Eva (2013)

lunes, 29 de febrero de 2016

LING FEN, EL INMOLADO DE MATACHÍN

Sucede, que en algún momento, uno se pone a narrar historias, a llenar páginas de diario,
a llevar bitácoras de viaje y de empresas solitarias y colectivas,
que uno se pone a llorar en la quilla de un navío y no sabe descifrar las cabalgatas del viento que preceden a la tempestad,
el ritmo acompasado de las estrellas, las constelaciones más rielantes y más cínicas,
la inclinación de cabeza, las ruinas de alguna embarcación y las gotas que se apresuran a delinear un rostro,
y uno termina por perderse en todo el mar que convoca nuestra fábula,
ante ese mar que marca y desdibuja el destino brumoso de los hombres.

Cuando me vi obligado a partir desde Cantón hacia una tierra desconocida
en medio de un fuego estructural, en donde un ferrocarril se abría paso como una mano por un muslo de mujer,
mientras mi joven esposa se quedó tendida en el piso de nuestra casa invocando que volviese,
no sin antes haber envuelto algunas ofrendas de arroz para mi boca hambrienta,
no sin antes haberme tomado de las manos y dejarme todo su perfume hibisco de naranjas
separadas.
Ahora sólo conservo su larga trenza para que la huela y la acaricie y una flor de loto —ya seca, ya semipodrida—
para que la tierra se me haga presente como sus ojos, terrígenos y terráqueos, que ondulan como el resplandor de la cosecha,
cuando fuimos exuberantes y nos casamos con el primer monzón que bajó de la montaña
y ella lucía un traje de infinitos colores y yo varias prendas de color rojo para parecerme al dragón que fraguaba las bodas en nuestra familia.

Ahora todo eso es recuerdo, todo eso es una pausa lógica,
y sigo escribiendo mi llegada al istmo de Panamá, la fragata del calor, la contradicción de unirnos todos en un tren y dispersarnos en campamentos, según nuestra raza, según nuestras creencias y nuestro lugar de origen.

A nuestro lado se entonan algunos cánticos a un dios que no conozco,
algunas palabras en inglés y miradas con ojos azules que son como el mar cuando se bate con nuevas naves ante su imperante desconfianza.
En otros sitios hay gente de color que no se atreve a mirarnos a los ojos.
Yo empecé a entristecer y mi comunidad no tenía más nada que decir, mientras nos íbamos secando,
mientras nuestras ropas parecían que vistiesen virutas de bambú para embarcaciones pobres.
Nos dieron porciones limitadas de opio, éramos los nuevos fumadores de lotos en esta tierra.
La muerte se nos hacía humo y empezábamos a cantar, a cantar y anegarnos todo el silencio
que nos pateaba las vértebras y la sangre, con toda esa realidad.
Pero resulta que a mí, Ling Fen, me llamaba mi esposa.
Pero resulta que a Lian Tung lo llamaban sus hijos y su madre viuda.
Pero resulta que a Hung Mei le marcaban un sitio hasta el mar para que se sentase y esperase a que las olas vinieran por él y lo llevasen a Cantón:
Pero resulta que a Lian Tung le estaban esperando otro puñado de asiáticos para cumplir su deseo por unas cuantas monedas:
troncarle la cabeza e ir a arrojarla al arroyuelo para que se convirtiera en loto danzante.
Otros personajes, más pintorescos que nosotros, se pusieron toda una tarde a sacarle punta
a varias ramas y a varios brazos de especies verdes de estos lados del trópico
y fueron hundiendo aquella lanza, amelcochada con savia
hasta que con sangre de garganta, se hicieron de uno de los mejores
ritos de suicidio, aplicados en este caserío, engrandeciendo una leyenda.
Hará varias lunas que estas desgracias que hoy ocurren fueron marcadas por el nombre de este pueblo hace muchos años, algunos siglos antes.
Matachín atrajo la muerte de los chinos y yo observo cómo el cartel que anuncia
este fatídico intento nos hace colgar como mangos de colores en los árboles, sujetados por nuestros moños.
Yo, cansado de tanta nostalgia y de tanto trabajo por el tren, me acerco a mi humilde morral y allí está, solícita, la trenza de mi esposa,
su obsequio de bodas, allá en Cantón, donde seguro me espera en la puerta, con la cabeza inclinada, sollozando.

Hay una vorágine de cisnes de cuellos largos entre mis piernas, productos de la zona
y algunos pedazos de pan danzando con las hormigas de la heredad nefasta.
Ya no más lágrimas para Ling Fen, el chinito de los rieles y durmientes.
Tomo la trenza de bodas y la amarro a mi moño inconcluso, cortado a comienzos de verano.
Subo a un corotú corpulento y algo y me enrosco la mata de hebras que libera mi cuello,
y me dejo colgar y me convierto en un fruto más de Matachín, el gran pueblo del suicidio y de la matanza de los chinos.

Hoy el pueblo yace bajo el agua, bajo la quimera esperanzadora de un Gran Lago.
¿A dónde se quedaron aquellos habitantes de Asia después de aquel lastimero viaje por el Caribe?
¿Qué es lo que sobrevuela por debajo del agua como un ave fénix chino?
Alguien de seguro, al atravesar el Canal o dar una ojeada por la ventana del moderno tren verá el humo que asciende desde la profundidad
donde están los fumadores de lotos, los que ansiaron un ferrocarril y quedaron siendo hollín de estrellas subterráneas.

Javier Alvarado: Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (la eternidad a lomo de tren) (2012)

lunes, 22 de febrero de 2016

CENIZA DE RINOCERONTE (fragmento)

caminábamos por el barrio chino de lima  el firmamento era una larga escama quebrándose sobre nuestras sombras cetáceos waskas aullaban sobre una ciudad prehistórica [peces negros naciéndole de los ojos] —you make me feel like a wild thing— dije has pensado en el tawantinsuyu [el sol limpiaba el rostro a una larga avenida donde rotas personas transitaban] reíste cuando te comenté sobre si has considerado esas innumerables parejas de amantes haciendo el amor en secreto (la tribu escuchaba hablar al taita mientras este consultaba en el oráculo de coca cómo seres hechos de roca y pigmentos desconocidos atacarían nuestros alientos hasta volverlos hierba amarillenta) de su sudor bajo una luna joven y subacuática  de cuántos orgasmos se quedarían adheridos a los árboles  de cuánto semen se hundiría en los ríos que hoy alimentan la vía láctea en ese reino de rojo hielo  donde no había moteles ni rincones oscuros y lo prohibido habitaba en toda la tierra  así franqueaba la noche —siglo XXII— el café se enfriaba  el sexo iba floreciendo como nubes anunciando tempestad y nosotros imaginábamos con qué frecuencia en el tawantinsuyu (en tanto que ballenas anémicas vomitaban almas tristes sobre cardumen hambriento) los amantes inventaban nuevos amaneceres sobres sus espaldas —you make me feel like a wild thing—  con qué frecuencia la espuma del mar emergía de sus ingles y se abatía sobre ciegas aves —you make me feel like a wild thing— la ciudad se iluminaba la veíamos eclosionar desde el cerro san cristóbal  ella decía que por cada cinco focos uno le pertenece a una pareja de amantes  no como aquellos que pernoctan en tu país que parecen un mar a punto de sangrar sino amantes de verdad  llenos de sed llenos de lluvia —sonreíamos—  la ciudad resucitada como aquel ángel al que dios le ha dado una nueva condena

you make me feel like a wild thing

y lima comenzó a doler
nos dolió como aquella costra que uno se gana en la niñez
nos dolió lima y su cielo
lima y su mar canino
lima y su aire oscilante y gris

nos abrazamos

[luz y sonido congestionándose en los poros]

esperando este u otro reino

lima you make me feel like a wild thing


Agustín Guambo: Ceniza de rinoceronte (2015)

lunes, 15 de febrero de 2016

FIESTA

En Juli estaba
                            mashikuna
dentro de una vieja iglesia jesuita
allí vi la extirpación de idolatrías
palpé al nuevo dios que se imponía
frente a los huaris de mirada esquiva
a los apus que enterraban sus profecías
antes de que fuesen empaquetadas
y ofertadas en press trip

Allí estaba
en medio de los pigmentos
y santos de mirada mansa

estaba

Y afuera la tarqueada
el carnaval la cerveza y la coca
desterrados del ritual

todo lo vi
monkey killing monkey
todo lo viví
tushuna tushuna

Y yo
mesticillo de poca monta
oculto dentro de la iglesia
escuchándolo todo como feto en gestación
como promesa del devenir

entonces entendí
supe
comprendí

que la fiesta había perdido a sus priostes
fiesteros
padrinos
achitaitas

que agoniza el último gesto
donde se desmorona la cordura

Yo soy el huaco
un rostro de papel
el tintineo de las campanillas

Soy el capariche
la botella que se pasa de boca en boca

Atravieso
                          solemne
los barrios nuevos
con mis vestidos de telas tornasol
con las máscaras fijas a mis tendones
me sumerjo en el bullicio

(soy el gesto del patrón)

Me olvido de mí
—y esa es la razón de todo—

            —"Ven", creí escuchar en medio de la turbulencia que me sacude.
            —"Son solo monos asesinando a otros monos", repetía el temblor monocorde de mi ipod casi
            obsoleto.

¿Es verdad esto? ¿Este murmullo inaudible, saturado de hastío y rechinar de dientes?

La máscara dispone
con ella ocupo mi lugar en el mundo
me arrodillo en el centro de todo lo creado

Porque la borrachera es la suspensión del texto
tenue entumecimiento del instante
un colectivo de cerebros en eclosión

La maquinaria de la noche en la puna
quiere alcanzar el mundo superior

año acabado

zapateando ocho días
borracho de chicha y chawarmishki
agradeciendo a todos
consumiendo la última brisa antigua

sin parar
sin parar

reír como si fuese al último día
sacudiendo el piso
dejando la vida en ello

bailando
olvidando
empezando
¡compañeritos!

mana peleachu

este carnaval está auspiciado por su cerveza local
la chumadora...
[colóquese aquí el nombre de la marca, pero omítase cuando se lea en público, para no hacer publicidad ociosa.]

Y yo
dentro del templo ruinoso
canto un viejo yupaichishka
lo transformo en himno cristiano
extiendo mi mano de trovador sacro
alcanzo el pilche de chicha

El golpe monótono del tambor
sacude mis huesos que ya no son jóvenes

¡Rompe aquí mismo el alma!

alborotashu

Año acabado
todos los desamores
todo el odio
toda la alegría
aquí acaba
ahora
borrachito borrachito

¡compañeritos!

El mamaco toca
parado en el centro del círculo
aunque nadie lo escuche
deja la vida en cada golpe de tambor

todos iguales

año acabado

Mañana despertaremos para encender el gran motor del mundo

Javier Cevallos Perugachi: Llaktayuk (2010-2014)

lunes, 1 de febrero de 2016

CECI EST VEXER LE FEU

Mathilde mixe, j'écoute. Les boutons vernaculaires de la stéréo.
Calfeutrage désolé, ambiance bleue, fermer le paysage, vexer le feu.

Mathilde est assise sur le banc rouge, elle attend.
Les souterrains méditent, elle est un bruit qui tue à feux doux.

Et Mathilde respire les tiroirs.
Elle viente de là où la neige est féroce au regard.

Les sentiments se fendent,
à quoi bon haïr sans flèche?

Mathilde récite mes glaciers.
Elle ne trouve plus drôle de fréquenter les marées.
Une lampe dévoile un tracé gênant sur le mur.

Je m'insurge en elle, de la façon qu'elle a de pousser
les secrets en bas des falaises.

La loupe cherche la ver de terre. Déjà sec et friable.
Jusqu'où chasser la stéréo qui griche?

Je sais l'hiver: veine inutile, squelette bloqué.
Mathilde remarque tout.

Je demande de sécher en paix, les tiges coupées, hors de tout vase.

La manie de fâcher les averses.
Mathilde biffe l'horizon d'un coup de rasoir.
Moi, la fin des lueurs, sans veste pare-balles.

Mathilde ne meurt pas. Des grains ivrognes s'entretiennent.
L'isolé s'endurcit.

Je préfère les pupilles évaporées et l'haleine vitrée
à une machine qui fait moins mal.

Elle est une envolée de brique,
le dessin d'un enfant malveillant.

À l'œil, le corps soulevé, l'arrêt des rubis blancs.
À travers la porte, Mathilde gruge un paradis déguisé.
Mathilde a tellement de charniers en elle,
tellement de seringues et de cérémonies de plâtre.
Les échecs ignorent le derme.
Et les souvenirs se trempent de moi: et les souvenirs, c'est le début d'une guerre
où la cicatrice n'est pas autorisée.

Emmanuel Simard: L'œuvre des glaciers (2012)


ESTO ES VEJAR EL FUEGO

Matilde bate, yo escucho. Los botones vernáculos de la radio.
Encierro triste, ambiente azul, cerrar el paisaje, vejar el fuego.

Matilde está sentada sobre el banco rojo, ella aguarda.
Los subterráneos meditan, ella es un ruido que mata a fuego lento.

Y Matilde respira los cajones.
Ella viene de allá donde la nieve es feroz ante la mirada.

Los sentimientos se agrietan,
¿para qué odiar sin dirección?

Matilde recita mis glaciares.
Ella ya no encuentra divertido frecuentar las mareas.
Una lámpara revela una línea perturbadora en la pared.

Yo me insurrecciono en ella, con la manera que ella tiene de empujar
los secretos por los acantilados.

La loba busca el gusano de tierra, ya seco y quebradizo.
¿Hasta dónde cazar la radio que rechina?

Conozco el invierno, vena inútil, esqueleto bloqueado.
Matilde se da cuenta de todo.

Le pido que seque en paz los tallos cortados, fuera del jarrón.

La manía de enfadar a los aguaceros.
Matilde borra el horizonte con un golpe de navaja.
Yo, el final de los destellos, sin chaleco antibalas.

Matilde no muere. Los granos ebrios conversan.
El aislado se endurece.

Prefiero las pupilas evaporadas y el aliento vidriado
a una máquina que duele menos.

Ella es un vuelo de ladrillo,
el dibujo de un niño malévolo.

A simple vista, el cuerpo sublevado, el detenimiento de los rubíes blancos.
A través de la puerta, Matilde embauca un paraíso disfrazado.

Matilde tiene tantos cadáveres en ella,
tantas jeringuillas y ceremonias de yeso.

Los fracasos ignoran la dermis.
Y los recuerdos se empapan de mí;
y los recuerdos... es el comienzo de una guerra
donde la cicatriz no está autorizada.

Emmanuel Simard: L'œuvre des glaciers (2012)
Traducción de Andrés Landázuri (2014)

lunes, 4 de enero de 2016

AUTORRETRATO

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas... hmmm... a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro  más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

Rosario Castellanos: Poesía no eres tú (1972)